BEATO GASPAR STANGGASSINGER
(1871-1899 )

Fiesta: 26 de Septiembre
Vamos a detenernos, ahora, en el sexto de los Redentoristas que
la Iglesia nos propone como modelo de imitación. El nos enseña cómo
caminar por la vida con los ojos puestos en Dios, al lado de Cristo, y
siendo hermanos de todos. Se trata del Padre Gaspar Stanggassinger
Hamberger.
Recorramos, brevemente, las distintas etapas de su corta vida: niño
bueno y sencillo; adolescente de carácter bien definido y hasta tenaz
para salir adelante en las dificultades; joven alegre y comunicativo,
entusiasta del alpinismo; estudiante de Teología fervoroso, amable y
responsable; joven sacerdote, modelo de entrega y hecho “todo para
todos”. En fin, un Santo. Pasó por este mundo sin hacer mucho ruido,
pero con una vida totalmente entregada a Dios y al prójimo.
GASPAR HASTA LOS 10 AÑOS (1871-1881)
Nace Gaspar el 12 de enero de 1871, en Berchtesgaden, conocida aldea
alemana, situada en el extremo Sur-Este de la Nación y, por ello,
perteneciente a la región de Baviera. Ocupa el segundo lugar en una
numerosísima familia de 16 hermanos. Es el mayor de los varones. Lo
bautizan el mismo día de su nacimiento. Dice, con gracejo a este
respecto, su biógrafo: “En aquel pueblo, no querían que un pagano pasara
la noche entre ellos”; y menos en el seno de aquella familia que era, de
verdad, ejemplar en lo humano y en lo cristiano.
El cabeza de familia se llamaba Gaspar Stanggassinger y la madre
Crescencia Hamberger. El padre era un labrador acomodado y propietario
de una cantera. Hombre hábil y enérgico. Durante muchos años, desempeñó
cargos públicos a nivel local. A la vez, hombre de profundas
convicciones religiosas.
La madre era una muy buena esposa y muy buena madre; de espíritu alegre
y profunda piedad, gran creyente y educadora cristiana de sus hijos. De
ella dirá más tarde su hijo, nuestro Gaspar: “Desde la infancia ella me
supo conducir a Dios”.
El pequeño Gaspar comienza la escuela a los 6 años. Era un niño
agradable, como cualquier otro, pero en él comenzaba ya a despuntar un
tesón y una responsabilidad poco comunes en tan tierna edad. De un
talento normal, aunque, unos años más adelante, encontrará dificultades
para el estudio. Los vencerá merced a su fuerte voluntad.
Desde muy pequeño siente el deseo de ser sacerdote; lo mantiene siempre
hasta llegar a alcanzarlo. Ya antes de los 9 años venía sintiendo y
manifestando tal deseo, pero a esta edad nos encontramos con un hecho
que a muchos les puede sorprender. Es éste: en su diario nos contará que
algo muy especial le pasó mientras ayudaba a misa el 21 de noviembre de
1880 ( 9 años) , y escribe así: “Vocación sacerdotal. Dios quiere que yo
sea sacerdote”.
A partir de aquella fecha, nos dirán sus familiares, son más frecuentes
sus visitas , para rezar, a la capilla del Calvario que está cerca de su
casa.
Todo esto va sucediendo en el marco incomparable de Berchtesgaden y sus
contornos. Lugar privilegiado de la naturaleza y que, sin duda,
contribuyó a formar el noble carácter de Stanggassinger. Berchtesgaden
era, por aquel entonces, una aldea de unos 2.000 habitantes con hermosos
y pintorescos alrededores. A su vera, el lago Königsse lugar de recreo
para los turistas de entonces y de ahora. Encantadores valles y
majestuosos montes alpinos. Entre estos montes el Schonfeldspitz, el
Selbhorn, el Hochkalter, el Watzmann, el Alto Goll, el Hochthron. Todos
ellos con más de 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar, si
exceptuamos al último que asciende sólo a 1975. Alturas considerables
para los que tratan de escalarlas desde Berchtesgaden, ya que esta
localidad se encuentra a 600 metros escasos sobre el nivel del mar. Una
comarca hermosa de verdad. Gaspar la comenzó a recorrer ya desde niño,
pero sobre todo durante sus años de joven estudiante. Con otros jóvenes
dedicará buena parte de sus vacaciones a recorrer todos aquellos parajes
y conquistar, una y otra vez, aquellas majestuosas cimas desde donde le
encantará rezar el Rosario a María.
Con razón escogería, más tarde, Adolfo Hitler estos lugares para solaz
y descanso. Aquí pasaba largas temporadas. ¡Lástima que aquellas
hermosuras de la naturaleza no fueran capaces de cambiar los instintos
de aquel hombre!
SUS TRES PRIMEROS AÑOS EN FREISING (1881-1884)
Gaspar ya tiene 10 años. Sus padres buscan lugar donde su hijo se
forme intelectualmente mejor que en el pueblo. Deciden mandarlo a
Freising. Allí reside el sacerdote Roth, amigo de la familia
Stanggassinger por haber estado de coadjutor en Berchtesgaden. Este
sacerdote se compromete a alojar al niño en su casa. Desde allí irá
todos los días a clase. El sacerdote Roth vivía con dos hermanas que,
desde el primer momento, acogieron a Gaspar con cariño y se preocuparon
de que se encontrara allí como en su propia casa.
Las dificultades vinieron por otra parte. Acusó el cambio de nivel
en los estudios. Las matemáticas, de modo especial, le resultaban
difíciles. Se aplicaba, pero no sacaba los frutos deseados. Algún
profesor llegó a indicarle que aquel no era lugar para él y hasta le
aconsejó que se volviera a su casa. Su mismo padre lo amenazó con
llevarlo definitivamente al pueblo si no sacaba adelante el curso. El
niño lloró, rezó, pero no se acobardó. A base de trabajo salió a flote
el primer año y, merced al esfuerzo y a la constancia, superó los
estudios en los dos años siguientes; no como niño prodigio, pero sí con
unos resultados normales. Además, se hizo querer de todos: de
profesores, de alumnos compañeros y, sobre todo, del sacerdote Roth y
sus hermanas.
INTERNO EN EL SEMINARIO DE FREISING (1884-1890)
Al llegar a los 13 años, Gaspar es admitido, como interno, en el
seminario menor de Freising. Deja, pues, la casa del sacerdote Roth.
Él tiene clara su meta; no es otra que el sacerdocio. Por eso, tanto sus
padres como él pienSan que aquel es el lugar adecuado para prepararse.
De este tiempo en el Seminario, nos dirán más tarde sus compañeros que
“irradiaba una cordialidad atrayente y que siempre se le encontraba
alegre”
Por los mismos compañeros y por los profesores sabemos que seguía
sin ser un chico prodigio en los estudios, pero sí un muchacho
espontáneo y sencillo, muy natural en el trato y siempre dispuesto a
compartir con los compañeros los juegos y las múltiples ocupaciones y
preocupaciones estudiantiles.
Las dificultades que, años atrás, tenía para el estudio, comienzan a
desaparecer desde su ingreso en el Seminario. El primero de la clase no,
pero sí uno de los aventajados. Esto debido, sobre todo, a su tesón y
tenaz aplicación.
Teniendo siempre presente su meta, se esforzaba, en aquel ambiente
propicio del Seminario, por unirse cada vez más a Dios en la oración. Le
gustaba hacer de sacristán y monaguillo, preparando el altar y ayudando
a misa. Esto, tanto en el Seminario como en el pueblo, durante las
vacaciones. Era frecuente verle ante el Sagrario de la capilla durante
los ratos libres. En este marco de preparación para el sacerdocio, hay
que enmarcar el voto de castidad que a sus 16 años hizo con
permiso de su confesor y profesor, el sacerdote Plenthner.
Por esta época, 1887, comienza a escribir un diario espiritual que, bien
examinado, nos va dando los quilates de su personalidad. Por este diario
sabemos que era muy dado a acudir al Espíritu Santo, de quien dice
recibir todo y al que invita insistentemente para que “entre en su
corazón”. Le pide, también, fuerzas a fin de “estar siempre atento para
conocer el bien y la verdad, y rechazar y aborrecer el mal y la
falsedad”.
Por su diario y por otros testimonios sabemos que, en 1889, a sus 18
años tuvo la enfermedad del tifus. Estas fiebres tifoideas pusieron a
Gaspar al borde de la muerte, pero recuperó la salud y de modo más
rápido de lo normal. Muchos lo atribuyeron a intervención divina.
La enfermedad le sirvió para entregrarse, desde entonces, más Dios.
Tanto que, en adelante, en sus escritos, al referirse a ella, nos dirá
que, en la enfermedad encontró su “conversión”. Más nos dice que fue en
esta ocasión cuando vio con mucha claridad “la necesidad de refugiarse
en el Corazón de Dios y de ponerse enteramente en sus manos”.
El mismo año de las fiebres tifoideas, pasó por otra experiencia que
apuntaló e hizo más firme aquella su denominada “conversión”: Los
ejercicios espirituales que, en las vacaciones , practicó , bajo la
dirección del Jesuita padre Franz Hattler, gran propagador de la
devoción al Corazón de Jesús. Su amor y entrega a Jesús se
fortalecieron.
El Jesuita sabía encauzar bien esta devoción ya que Gaspar no se anda
por las ramas al referirse al Corazón de Jesús. Escribe: “Tengo que
dirigirme a Él y amarlo con un amor enérgico”. Y cuando sigue nombrando
al Corazón de Jesús, lo hace penSando en el Dios-Encarnado, hecho hombre
por amor a los hombres y amándolos hasta morir por ellos en la Cruz.
De esta perspectiva cristocéntrica arrancan sus reflexiones escritas, y
que luego lleva a la práctica: “Si Dios me ha amado tanto, yo tengo que
responderle con la misma moneda. Si Dios ha amado así a los hombres , yo
los tengo que amar igual y sobre todo a los más pobres , pequeños y
necesitados”.
Otro dato que consigna, varias veces, en su diario durante estos años:
su modo de pasar las vacaciones. Además de ayudar en los quehaceres de
la casa, tenía una maña especial para reunir grupos de muchachos y
jóvenes. Con ellos organizaba excursiones por aquellos montes alpinos
que se elevan majestuosos por los alrededores de Berchtesgaden. Largas
caminatas y costosas escaladas, con la recompensa de poder contemplar,
desde las alturas, la maravilla de la naturaleza, tan pródiga en
hermosura por aquellos lugares.
Tenía Gaspar un don especial para que sus compañeros escucharan sus
reflexiones religiosas y aceptaran con gusto el rezo del rosario y la
visita a las iglesias de los poblados por los que pasaban. Una capilla
de montaña era la preferida y frecuentemente pasaba a ser el centro de
aquellas excursiones. Sanas maneras de pasar gran parte de las
vacaciones que recordarán todos, más tarde, como “inolvidables”.
Para concluir la reseña de estos 6 años, consignamos que el 7 de agosto
de 1890 termina Gaspar Stanggassinger su estancia en aquel Seminario
Menor con la obtención del “Diploma de Bachiller”. Camino de
Berchtesgaden, se detiene en Munich, como hacía siempre a la ida y a la
vuelta de vacaciones, para visitar a la Madre de Dios en la iglesia del
hospital Herzog.
Llegado a Berchtesgaden, compra una pequeña talla de la Virgen de
Oberkalberstein. Era una muestra de devoción y agradecimiento a María al
terminar el bachillerato. Todos los años anteriores, antes de partir,
camino de Freising, para comenzar el curso, se dirigía a la localidad de
Oberkalberstein para postrarse ante la Virgen allí venerada y
encomendarle su nuevo curso.
EN EL SEMINARIO MAYOR DE FREISING (1890-1892)
Durante los años precedentes, Gaspar había tenido ya muy clara la
meta que pretende alcanzar: él había estado y seguía preparándose
concienzudamente para ser sacerdote. Pero ahora, al terminar los cursos
de Humanidades, se presentaba, en cierto sentido, la hora de la verdad,
ya que, a partir de este momento, los nuevos estudios tenían que ser
acordes con lo que pensara ser el día de mañana. Hubo quien trató de
insinuarle otros derroteros pero él les prestó oídos sordos. En su
diario escribirá a este respecto: “Desde muy niño, siempre mi intención
ha sido la de ser sacerdote”. Su sitio pues, estaba bien claro: el
Seminario Mayor para comenzar la carrera eclesiástica.
¿A qué Seminario ir ahora? En esto sí hubo titubeos. La duda estaba en
decidirse por Freising, ciudad bien conocida ya por Gaspar, a casi 40
kilómetros al norte de Munich, o dirigirse unos 100 kilómetros al Norte,
hasta Eichstätt. Personas cualificadas, amigas de la familia, le
aconsejan que elija el Seminario de Eichstätt, ya que por aquel entonces
gozaba de más prestigio. Gaspar oyó pareceres, pero, al fin, eligió, por
su cuenta, el Seminario de Freising. Explicando esta decisión, escribe a
un religioso amigo suyo: “La catedral de Freising ha sido para mí,
durante 9 años, como mi segunda casa paterna y mi corazón se siente, por
ello, muy unido a estos lugares”.
Quizá podamos adivinar también otros motivos, a la hora de tomar esta
decisión. Serían los que a continuación apuntamos: desde Freising tenía,
sin duda, más facilidades para poder ver a los suyos. No es que
estuviera Eichstätt exageradamente más distante, pero no dejaban de ser
60 kilómetros más. Él amaba entrañablemente a su familia: a sus padres y
a aquel enjambre de hermanos, todos, menos una, menores que él. Además,
dejaba en casa, muy enferma a su hermana Zinsi, de 14 años, a la que
quería de modo muy especial. Con ella durante las últimas vacaciones,
había pasado muchas horas, rezando, charlando, haciéndole compañía y
animándola. ¿No influiría todo esto en la elección de Freising?
De hecho Zinsi moría el 25 de octubre, sólo tres días después de
ingresar Gaspar en el Seminario. Fue un duro golpe para él y para toda
la familia. Decía él que ésta era su hermana más querida, era con la que
más había hablado de cosas Santas. Se sabe sobreponer buscando, como
siempre consuelo en Dios. Sabe ayudar y consolar también a su familia. A
sus padres les escribe: “Zinsi nos dice: no lloréis y pensad que ahora
me encuentro en buenas manos”.
Las dificultades para el estudio desaparecieron, como por ensalmo, al
enfrentarse con los estudios superiores. El estudio de la filosofía le
va, y lo mismo las ciencias afines que se estudiaban en el curso
filosófico: ciencias físicas y naturales.
El éxito del curso filosófico queda incluso superado al meterse con la
Teología. El profesor de dogmática dice de Gaspar que estaba
extraordinariamente capacitado para el estudio de esta disciplina.
Justifica así la máxima calificación que le ha dado. El profesor de
Sagrada Escritura dice lo mismo. El estudio de la Historia de la Iglesia
sabemos que le cautivó de modo especial. Estudia con interés y sabe
cimentar su estudio en ideales altos. Lo va dejando bien claro en los
apuntes y reflexiones que va anotando en su diario.
Por su diario también podemos ver que estamos ante un joven que, ahora,
a sus 19 y 20 años, se siente querido por Dios y con la gozosa necesidad
de entregar todo su ser y obrar al Dios que le ama. Las notas que va
escribiendo, nos muestran dos pibotes en torno a los cuales gira su vida
espiritual: opción radical de seguir a Cristo y la firme
convicción de que todo avance en el amor a Dios y al prójimo es un don
gratuito. Y lo bueno es que todo esto lo vive con una sencillez
extraordinaria paSando casi desapercibido.
Se propone, y a fe que lo consigue, ser amable y educado con todos, a
pesar de que su carácter es el estilo del de su padre, fuerte y
enérgico. Esta energía y fortaleza la dirige a comprometerse seriamente
con el estudio y a ser constante en su progreso espiritual. Se propone,
además, huir de todo lo que sea llamar la atención y de todo lo que
huela a exageraciones. Por eso escribía, estando ya en el segundo curso
del Seminario Mayor: “Alégrate con los pequeños progresos. No pretendas
hacer grandes cosas. Desconfía de esas elevadas cumbres y del afán por
las cosas extraordinarias”.
Ya hacia el final de este segundo curso, recibe las primeras Órdenes
Menores. En concreto el 2 de abril de 1892. En su diario anota: “He
llegado a ser clérigo por la gracia de Dios. . . Dios mío dame una
verdadera inquietud y que no me falte nunca tu gracia”.
DECIDE IRSE CON LOS REDENTORISTAS (1892)
En las vacaciones de 1892, tomó Gaspar una resolución irrevocable y
definitiva: “Seré Redentorista”.
No vayamos a pensar que esto lo decidió a la ligera. Todo lo contrario.
Fue una idea que, de tiempo atrás, venía madurando.
El desgraciadamente famoso conflicto entre el Estado alemán y la Iglesia
Católica, conocido con el nombre de Kultukampf, fue particularmente
cruel con los Redentoristas, de los que se decía, desde el Gobierno de
Bismarck, que eran una copia de los Jesuitas. Los Redentorista alemanes
tuvieron que emigrar a otras tierras. Un grupo de ellos se estableció,
el año 1883, en Dürrnberg, perteneciente a Austria, en la frontera con
Alemania, y a menos de 10 kilómetros de Berchtesgaden. Dürrnberg era un
centro de peregrinaciones marianas. Allí fue muchas veces, ya desde
niño, Gaspar. Siguió yendo en las vacaciones durante sus años de
estudiante. En estas ocasiones acostumbraba confesarse con los
Redentoristas que atendían el Santuario, por los que se sentía
especialmente atraído. Un amigo nos dirá que Gaspar “se sentía con los
Redentoristas de Dürrnberg como en su propia casa”. El mismo
Stanggassinger dirá, más tarde, que, desde que se puso la sotana
eclesiástica en el Seminario de Freising, siempre estuvo sintiendo el
deseo de cambiarla por el hábito Redentorista.
Antes de su entrada en la Congregación ya era devoto de San Alfonso.
Había leído algunos de sus libros. También había peregrinado hasta el
sepulcro de San Clemente que se encuentra en Viena, en el convento
Redentorista de Santa María Stiegen.
Durante las últimas vacaciones había venido madurando la idea de irse
con los Redentoristas, pero ni él mismo pensaba que iba a ser tan
pronto.
Al concluir las vacaciones de verano de 1892, participa, con un
grupo de amigos, en una de sus tan frecuentes excursiones de montaña. Se
despide de estos amigos y se va, como peregrino, a Altötting para
visitar y venerar la milagrosa imagen de la Madre de Dios que allí es
objeto de culto. Rezando en aquel templo, nos dice él, siente que Dios
le llama para que se presente, sin más demora, a los Redentoristas de
Gars, a orillas del Inn. Allá se va inmediatamente y pide el ingreso en
la Congregación. Queda citado para ingresar en Gars a principios de
Octubre. Faltaban ya pocos días para esa fecha. Vuelve a Freising para
comunicar su decisión y despedirse de superiores y compañeros. A nadie
extraña esta noticia. El Rector del Seminario, quizá quien mejor lo
conocía, le dijo: “No me has sorprendido, Gaspar. Desde que te conozco,
he estado viendo claro que terminarías haciéndote religioso”. A quien
extrañó y contrarió esta decisión fue al que para Gaspar era la máxima
autoridad: el Arzobispo de Munich. Le concede el permiso, aunque de mala
gana. Tenía puestas muchas esperanzas en este joven seminarista de 21
años.
SE DESPIDE DE SUS PADRES Y HERMANOS
Después de haberse despedido de tantas personas y cosas queridas en
Freising, el 4 de octubre se va a Berchtesgaden para despedirse de sus
padres y hermanos.
No va a ser nada fácil. Gaspar lo sabe. La primera a la que comunica su
decisión es a su madre: “Madre, me voy con los Redentoristas”. “-Pero,
cuándo, hijo”. “- Pasado mañana”. Su madre se queda perpleja. La noticia
ha caído sobre ella como una losa. Muchos pensamientos paSan por su
mente y entre ellos, sin duda, el de la difícil situación económica por
la que estaba atraveSando aquella numerosa familia, a causa de unos
contratiempos últimamente acaecidos. Siendo religioso Gaspar, ya no les
podría ayudar económicamente. Si fuera sacerdote secular, podría
llevarse con él alguno o algunos de sus hermanos. Pero la madre, mujer
de fe y de buen temple, se aviene enseguida y se somete a lo que ve que
es la voluntad de Dios.
Había que comunicarlo al padre. Esto era mas difícil. Madre e hijo
convienen que el momento más oportuno será al finalizar el rezo del
Santo Rosario. Toda la familia, de rodillas, rezaba diariamente el
Rosario y otras oraciones, al caer de la tarde.
Han terminado el Rosario. Gaspar sigue de rodillas. “-Padre, tengo que
comunicarle una cosa”. “-¿Qué quieres comunicarme?”. “-Pasado mañana me
voy para Gars con los Redentoristas y le pido, ahora, su consentimiento
y bendición para entrar en el convento”.
El padre no se lo podía creer. Al final de aquel rosario se planteó una
de las situaciones más tensas por las que atravesó aquella familia. El
padre pasó por momentos de perplejidad, de genio, de recriminaciones, de
silencios. No se hacía a la idea. ¡Tan contento y satisfecho que estaba
él con su hijo, a pesar de los gastos que con él había tenido durante
los largos años de estudios en Freising! Y, ahora, le venía con éstas.
La ayuda que, con razón, esperaba del hijo para ir solucionando los
últimos reveses económicos, se venían por tierra. Más aún, él, metido en
política como estaba, no podía ver con buenos ojos que su hijo se fuera
con los Redentoristas. ¡Qué iban a decir de él! La Congregación del
Santísimo Redentor (Redentoristas), había sido prohibida en Alemania por
las leyes dimanadas del Kulturkampf y aún quedaban resabios de aquella
prohibición.
- “No , Gaspar. No puedo aprobar lo que me pides” .
- “Padre, debo hacerlo. Es la voluntad de Dios. La Virgen me dice que
debo ser Redentorista” .
Los hermanos y hermanas , también de rodillas , se unen a la petición de
Gaspar: “Papá, deja marchar a Gaspar”.
Ha pasado una hora. La madre manda a todos a la cama y allí quedan,
Gaspar, de rodillas, y su padre. Pero el padre no cede. No le prohibe
marcharse pero tampoco lo aprueba ni da su bendición. Pasarán varios
años para que el padre se sienta satisfecho con esta decisión de su
hijo.
EL NOVICIADO
El 6 de octubre de 1892 ingresa Gaspar en el Noviciado Redentorista
de Gars .
El 26 de este mismo mes escribe a sus padres y hermanos. Entre otras
cosas les dice: “Compartid conmigo la alegría que siento. Me encuentro
bien. No he sentido el más mínimo arrepentimiento por haber seguido la
voz de Dios”.
El 29 de noviembre viste el hábito Redentorista.
De las notas que va tomando en su diario se ve claramente que hizo su
Noviciado con mucha responsabilidad y que no se anduvo por las ramas:
“Yo puedo, quiero y debo ser Santo”. Todo su esfuerzo lo encamina a
“hacer la voluntad de Dios”, conforme al espíritu genuino del Fundador,
San Alfonso. Ve que la voluntad de Dios está, para él, en hacer bien las
cosas sencillas de cada día. Escribe: “Por su fidelidad a las cosas
pequeñas, los Santos llegaron a ser Santos”. Por él mismo sabemos,
también, que tuvo por entonces una auténtica noche oscura del alma:
comenzó a sentir canSancio y apatía por todo. Su oración le parecía más
imperfecta y menos intensa que antes de su entrada en la Congregación.
Todo le produce disgusto, nos dice: “La oración, la lectura espiritual,
la comunión y hasta el recreo”. Nunca le había pasado cosa igual. A
pesar de todo, permanece firme en la fe aunque le falten los consuelos.
Escribe por aquel entonces: “La verdadera paz del alma consiste en hacer
pura y simplemente la voluntad de Dios aunque nos ponga en la obscuridad
y la desolación”. Esta oscuridad desapareció pronto, como él mismo nos
dice, y vinieron días más tranquilos.
El 16 de octubre de 1893 pronunció sus votos religiosos. Para ello,
Gaspar y sus compañeros se trasladaron a la localidad austríaca de
Dürrnberg.
Aquí, en el convento de los Redentoristas, que ya conocía de antes, hizo
su Profesión Religiosa. Aún quedaban rescoldos del Kulturkampf y los
superiores no se atrevieron a celebrar en tierras alemanas aquel
acontecimiento. Dürrnberg, aunque en Austria, dista muy poco de
Berchtesgaden, y allí fueron sus padres para abrazar al hijo en tan
memorable día. Su padre, después de un año, ya se había ido haciendo a
la idea de que aquel era el camino para su hijo. Pero aún no del todo
convencido. Su madre sí estaba gozosa de ver tan contento y entusiasmado
a su hijo.
Con ocasión de su Profesión Religiosa, escribe Gaspar en su diario:
“Ahora la alianza con Dios se ha realizado. Pertenezco ya totalmente a
Dios, a su Santísima Madre, a San Alfonso y la Congregación del
Santísimo Redentor”.
EN EL ESTUDIANTADO REDENTORISTA (1893-1895)
Los dos años que transcurren desde su Profesión hasta su Ordenación
sacerdotal fueron realmente intensos y bien aprovechados. Estos dos
últimos cursos los hace en Dürrnberg. Allí se preparan una veintena de
jóvenes Redentoristas bajo la guía de padres competentes.
Al principio tuvo Stanggassinger, ahora le llaman así siempre, ciertas
dificultades para seguir la marcha del curso con sus compañeros, mejor
preparados, en general, que él. La seriedad y el rigor en los estudios
eran allí excelentes. Prácticamente todas las clases eran en latín en el
que, tanto profesores como alumnos, se desenvolvían sin ninguna
dificultad. El latín de Stanggassinger estaba más a ras de tierra. Pero,
dado su interés, fue haciéndose a los nuevos métodos y sus resultados
académicos fueron buenos desde el principio, y en progresión.
El profesor que, durante este tiempo, más impactó al joven
Stanggassinger, fue, sin duda, el Padre Eugen Rieger. Era éste
prácticamente un anciano, pero de una fuerte personalidad, con un método
de enseñanza sobrio, pero profundo y de rigor ciéntífico. Del padre
Rieger toma Stanggassinger dichos y frases que traslada a su diario. Son
frases lapidarias que le ayudan a fortalecer su personalidad y a
reforzar sus convicciones religiosas. Entre muchas, podríamos entresacar
algunas: “Al hombre no lo hace sabio y sensato el decir muchas cosas
sino el pensar y reflexionar seriamente”.. ‘’El estudio serio y
concienzudo ayuda a purificar la fe”. “El estudio de la Teología, sin
rezar, convierte, con facilidad, a uno, en un loco peligroso”.
Las clases y los métodos especulativos del padre Rieger iban bien par el
carácter serio y responsable de Stanggassinger. Pero a la vez muestra
especial interés y entusiasmo por las clases y estudio de las
asignaturas que le preparan más directamente para el ministerio pastoral
con las gentes. Esas clases eran, sobre todo, las de Teología moral,
Teología pastoral y las prácticas de preparación para la predicación.
Con respecto a estos dos años, tenemos el testimonio de los superiores y
compañeros, unánimes al afirmar que se ganó la amistad de todos, que era
un trabajador incansable, compañero agradable y religioso ideal.
De este tiempo son, entre otras muchas, estas frases y resoluciones que
entresacamos de su diario: “Ser amor o no ser”. Y esto queda concretado
así “El que ama a Dios se identifica totalmente con lo que El quiere”.
Pero Gaspar sabe que a Dios se le ama concretamente en el hermano y por
eso continúa: “Quiero ser amable, indulgente, pacífico; no quiero causar
molestias a nadie. Quiero amar cordialmente a mis hermanos. Quiero medir
las palabras. Me propongo no sermonear a nadie; no juzgar a los otros,
ya que eso le toca a Dios y Dios trata a mis hermanos con mucha
misericordia; quiero mostrarme afectuoso con todos”. Esto escribía; pero
lo bueno es que, según el testimonio de los que con él vivieron, lo que
escribió en su diario era un fiel reflejo de lo que después hacía y
practicaba, además, como siempre, de un modo natural, sin llamar
la atención.
POR FIN, SACERDOTE
Fue recibiendo, a su tiempo, todas las Órdenes Menores y el
Subdiaconado. El 21 de septiembre de 1894, recibe el diaconado. Y llega,
por fin, la fecha por la que había suspirado durante toda su vida: El 16
de junio de 1895, recibe la Ordenación Sacerdotal. Esta Ordenación fue
en la catedral de Regensburg (Ratisbona), donde tuvo que trasladarse
para ello. “Soy sacerdote por la gracia de Dios”, anota en su diario.
Días antes, durante los ejercicios espirituales preparatorios para la
Ordenación, había trazado, también en el diario, el programa de su
futuro: “Mi única intención, al recibir el sacerdocio, es la gloria de
Dios y la salvación de las almas; por ello me entrego enteramente a la
voluntad de Dios. Que los superiores dispongan de mí para lo que ellos
juzguen más conveniente; me someto a su voluntad, tanto si me destinan
para la enseñanza en el Seminario, como si lo hacen para las misiones; y
lo mismo, sea aquí o lejos, en cualquier parte del mundo. Con la gracia
de Dios quiero hacerme todo para todos. Por gusto, yo escogería dedicar
mi vida a la predicación entre los pobres, los indigentes, los humildes…
¡Quiero ser un instrumento en manos de Dios y esto sólo lo conseguiré
allí donde me coloque la obediencia!. La cita ha sido larga pero merece
la pena. Imposible tener mejores intenciones y mejor disponibilidad.
Una semana después de su Ordenación, lo encontramos en su tierra natal.
Ha ido para celebrar su Primera Misa con los suyos. Mucha fiesta, mucha
alegría. Pero es ahora cuando se entera Gaspar, con claridad, de la
difícil situación económica por la que viene atraveSando su familia.
Esto, como es natural le causa mucha pena; tanto más cuanto que él nada
puede hacer para remediarlo. Ayuda sí, con sus consejos y anima a sus
padres y hermanos a seguir siendo buenos cristianos como en los tiempos
en que nada faltaba en casa.
Ha terminado aquel día de fuertes emociones. Ya de noche, se recoge en
su cuarto, reza completas y, antes de acostarse, escribe una carta al
Padre Provincial. Entre otras cosas le dice: “He terminado el día de mi
primera misa, en mi pueblo . Acabo de rezar completas . Solo ya en mi
cuarto, doy gracias al buen Dios, a su Santísima Madre, a nuestro Padre
San Alfonso, por los favores que he recibido; yo que no soy más que un
pobre hombre. Nunca hubiera sospechado lo que es y experimenta un
sacerdote en el altar si no lo hubiera experimentado por mí mismo.
Después de la Consagración me embargó como un temblor tan grande y tan
íntimo que no me dejaba acertar a hacer las cruces al pronunciar las
palabras: “Hostia pura, Hostia Santa, Hostia inmaculada”, a pesar de mis
esfuerzos por controlarme”.
Con estas reflexiones escritas, terminó el día de su Primera Misa en
Berchtesgaden.
CUATRO AÑOS DE SACERDOTE FORMADOR (1895-1899)
La disponibilidad manifestada en los ejercicios espirituales
preparatorios para su ordenación tiene ocasión de ejercitarla bien
pronto.
El primer destino del joven Padre Stanggassinger es ser profesor y
prefecto en el Seminario Menor Redentorista de Dürrnberg. Ya sabemos
cómo él, por gusto, hubiera preferido ser misionero en activo y no le
hubiera desagradado el ser enviado con este cometido a tierras lejanas.
Por aquel entonces estaban yendo numerosos Redentoristas alemanes a
tierras de América del Sur. La Provincia Redentorista Alemana del Norte
(Provincia Renana) estaba mandando sujetos extraordinarios a Argentina,
donde se fueron abriendo nuevas casas después de la primera fundación en
Buenos Aires, en 1883.
Lo mismo estaba haciendo la otra Provincia, la del Sur, denominada
Provincia Bávara o de Munich. A ésta pertenecía el P. Stanggassinger,
como es natural. Esta Provincia escogió Brasil como campo de siembra
evangélica. Los primeros Redentoristas que llegaron a Brasil en 1894,
comenzaron su apóstolado en el Santuario de la Aparecida: “Nosa Senhora
da Conceiçao Aparezida’’. Buenas bases supieron poner aquellos primeros
Redentoristas en este lugar, Santuario de la Virgen, en orden a la
evangelización. La actividad misionera que desde este Santuario han
ejercido y ejercen, hoy día, los Redentoristas, es una de las más
relevantes en el mundo católico. Detrás de esta primera fundación,
vinieron otras y ya en 1905 se abrió en Penha el Noviciado.
El fervor misionero estaba a flor de piel, por aquel entonces, en los
Redentoristas de las dos Provincias Alemanas, y, de modo especial, en el
joven Padre Stanggassinger. Pero ya lo hemos dicho, su destino estaba en
el Seminario Menor Redentorista. Será Prefecto, para ser como la mano
derecha del Director, y Profesor.
Toda su actividad la centra, desde el primer instante, en formar
integralmente a aquellos muchachos y jóvenes que la Congregación le ha
encomendado para que los prepare a ser Misioneros Redentoristas.
El Padre Stanggassinger profesor: Comienza con las ideas bien claras.
Suyas son los siguientes palabras en su primer día de clase: “Hoy vengo
a esta clase para ser vuestro profesor, porque es la voluntad de Dios,
manifestada por medio de los superiores. Mi deseo era haber sido enviado
a misiones; pero la voluntad de Dios es ésta y gustoso la acepto.
Comienzo esta etapa de mi vida sabiendo que se me encomienda una muy
noble tarea: nada menos que la de formar futuros misioneros”.
Stanggassinger no será pues Misionero de vanguardia, pero sí
educador-formador de misioneros. Estos lo recordarán, más tarde, y nos
dirán que nadie como él para despertar en los alumnos el entusiasmo
misionero.
Se ajusta a un horario apretado de clases. Se le encomienda el entonces
llamado “tercer curso de latín”: Jóvenes con una edad media de 16 años.
Con ellos tiene las clases de alemán, latín y griego. Además, clases de
religión en varios cursos, y otras clases de las llamadas “disciplinas
accesorias” . Hay que añadir el gran trabajo que se imponía de corregir,
diariamente, los cuadernos de los alumnos. Para esto tenía que emplear,
normalmente, las horas de la noche, cuando los jóvenes ya estaban
acostados, ya que como Prefecto no quedaba libre hasta entonces. Èl se
las arreglaba para sacar tiempo de donde fuera y preparar y perfeccionar
así sus clases. Los alumnos decían que las daba como nadie, sobre todo
por la claridad y el entusiasmo.
También recuerdan la paciencia ilimitada que tenía con los alumnos menos
aventajados. Les repetía las cosas y hasta les animaba manifestándole
las dificultades que él mismo había tenido en sus primeros tiempos de
estudiante.
Tenía un arte especial para relacionar las cosas de la clase con la vida
práctica y con lo referente a la vida misionera. Los alumnos son los que
han contado múltiples anécdotas con las que sabía amenizar sus clases. Y
así los cuatro años de su joven sacerdocio.
El Padre Stanggassinger educador-formador: Es el mismo que como
profesor. No distingue y trata siempre de formar integralmente a sus
jóvenes y muchachos.
Se preocupa y lee libros que tratan de temas pedagógicos. Toma numerosos
apuntes y lleva a la práctica lo anotado. Muchas de esas ideas las
entresaca del famoso teórico de la educación, el obispo francés
Dupanloup: “Es necesario crear estímulo en los jóvenes estudiantes”.
“Hay que esforzarse en orientar sus sentimientos y su voluntad, y huir
de obligarlos por la fuerza”. “Lo fácil es castigar; lo efectivo
es hacer que reconozcan sus faltas y errores”. “El educador se ha de
convencer que poco hace pero que mucho puede suscitar”. “Hay que
acostumbrar a obedecer no por obligación sino por convicción”. “El
que trata de educar ha de tener siempre como consejeras a la tolerancia,
a la paciencia y a la entrega”.
Llevar a la práctica estos principios en aquellos tiempos y en el
ambiente en que se movía el P. Gaspar era una verdadera maravilla. Él lo
consiguió. Es verdad que, al principio, siguiendo las costumbres de la
época y el modo de obrar de los compañeros, tendió hacia la severidad;
pero bien pronto cambió de método y se convirtió en el educador
“atrayente y cordial” de que hablan los que le conocieron. Se había
propuesto muy en serio, y lo había escrito en su diario, “Ser servidor
de todos”. Por eso sigue escribiendo: “Si alguno de los alumnos llama a
mi puerta, aunque tenga que interrumpir múltiples veces mi tarea, no
debo manifestar ningún desagrado, sino que debo recibir a cada uno con
ánimo alegre, como si no tuviera absolutamente nada que hacer”.
Con estos propósitos, escritos y cumplidos, no es extraño que se captara
la entera confianza de sus alumnos formandos. Uno de ellos escribirá más
tarde: “Sobrecargado de trabajo como estaba, su puerta siempre la
encontrábamos abierta. Lo mismo que un padre cariñoso, se había ganado
la confianza de todos nosotros y todos acudíamos espontáneamente a él.
Se sentía satisfecho sonriendo y de esta forma se comportaba durante
todas las horas del día”.
Recuerdan, también, aquellos sus muchachos cómo se preocupaba, de modo
especial, de los que caían enfermos: “Continuamente iba a la enfermería,
animaba a los enfermos, rezaba con ellos, les contaba cosas incluso
personales para así hacerles el rato agradable”. Siguen contando cómo en
una ocasión, uno de ellos cayó muy enfermo, tanto que, en pocos días,
aquella enfermedad, consistente en una tuberculosis pulmonar, se lo
llevó al cielo. “El Padre Stanggassinger, nos dicen, no sabía separarse
de él, tanto de día como de noche. Llegamos los demás compañeros a
sentir como una especie de Santa envidia, porque nos decíamos que quien
tuviera la suerte de tener a su lado en el lecho de muerte al P.
Stanggassinger, tenía segura la entrada en el cielo”.
El Padre Stanggassinger como prefecto: Era el que acompañaba a los
alumnos seminaristas a todas partes. Los despertaba por las mañanas, los
acostaba por las noches. Iba con ellos al comedor, los acompañaba en los
recreos, organizaba los juegos y deportes, salía con ellos tres veces
por semana de paseo, organizaba, con frecuencia, excursiones que
calificarán, los que con él las hicieron, de “inolvidables”. En estas
excursiones era todo un experto. No en vano había sido su deporte
favorito, desde niño, hasta su entrada en la Congregación, habiendo
recorrido palmo a palmo los hermosos parajes de su tierra, y todos los
altos montes alpinos de los alrededores de Berchtesgaden.
Como digno de mención, nos recuerdan aquellos jóvenes que “jamás pegó a
nadie”. Entonces estaba muy de moda ese método. Mas aún: “Manifestaba
gran respeto con nosotros y si tenía que corregirnos, procuraba hacerlo
en privado”. Un alumno nos contará que, en cierta ocasión, el P.
Stanggassinger le impuso un castigo porque pensó que había hecho una
fechoría. Resultaba que no era culpable: “Cuando se enteró el Padre de
su error, dice el interesado, se puso de rodillas delante de mí, estando
todos presentes. Dijo que se había equivocado y me pidió que lo
perdonara. Yo estaba tan emocionado que se me llenó la cara de
lágrimas”. ¡Cómo no se iba a hacer querer si era esta su manera de
obrar!
Como compañero, miembro de una comunidad religiosa, el Padre
Stanggassinger estaba siempre dispuesto a ser “todo para todos”. Además
del trabajo que ya hemos visto, lleva la contabilidad del Seminario,
hace de secretario de Estudios, se le encarga redactar los estatutos de
la Comunidad, trabaja casi hasta la extenuación con motivo del traslado
del Seminario a Gars.
Tenía un tino especial para limar asperezas entre los miembros de la
Comunidad. Como siempre, hay tensiones entre los congregados mayores de
la casa y los profesores del seminario, más jóvenes y emprendedores. Un
compañero dice al respecto: “El hecho de ser capaz, a pesar de la
diversidad de caracteres y opiniones, de ponerse de acuerdo con todos,
es una muestra de la inteligencia y de la capacidad de discernimiento
que poseía”. Otro nos dice: “Era un reformador en el mejor sentido de la
palabra. Sabía esperar el momento oportuno y de esta manera obtener
siempre los mejores resultados”.
Era como el punto medio y de apoyo entre los innovadores más jóvenes , a
veces demasiado exaltados, y los superiores y mayores que veían peligros
por todas partes en cualquier reforma. A los primeros les hacía ver la
conveniencia de la calma y hasta con firmeza supo censurar a algunos por
el modo irracional y excesiva insistencia a la hora de proponer y exigir
los cambios. Y eso que él estaba de acuerdo con lo que se deseaba
conseguir. A los segundos procuraba tranquilizarlos y lo conseguía.
Todo lo dicho hasta aquí tenía unos apoyos profundos: ni más ni menos
que su vida interior. Hizo de su vida y de su actividad una permanente
oración, a la que dedicaba, en el silencio, largos ratos. El
cumplimiento de la voluntad de Dios era como el eje de su vida ya que,
según decía: “Ser Santo no es más que vivir haciendo la voluntad de
Dios” .
Su vida espiritual estaba, además, adornada con el colorido de una
devoción, nada noña, y sí muy entrañable, a María. “Ella, dice, es la
que mejor sabe llevarnos a Jesús”. No en vano, había aprendido esta
devoción desde muy niño, cuando, con sus padres y hermanos, rezaba
diariamente, de rodillas, el rosario.
Su actividad apostólica hacia fuera fue escasa. Las ocupaciones
encomendadas por la obediencia no se lo permitían. Aun así, no
desaprovechó las oportunidades que se le ofrecieron: algunas
predicaciones en lugares cercanos y sobre todo, con cierta frecuencia,
dedicación al confesonario. Se notaba especialmente concurrido cuando el
P. Stanggassinger se sentaba en él.
Si no fue un Misionero en activo, sí lo era en la retaguardia y de modo
especial, como ya hemos repetido, formando a los futuros Misioneros.
Esta tarea la tenía en grandísima estima y por eso escribió lo
siguiente: “Cuidar y ayudar a que se desarrolle la vocación en estos
jóvenes seminarista, es más que convertir a grandes pecadores y más que
predicar brillantes misiones”. Veía en ellos, naturalmente, a los
Misioneros del mañana.
ÚLTIMOS DÍAS Y MUERTE DEL PADRE STANGGASSINGER
Las leyes del Kulturkampf no tienen ya vigor. Los Redentoristas
alemanes esparcidos por algunas naciones europeas, poco a poco, se han
venido integrando a su Alemania de origen. Hacía algún tiempo que
también se venía penSando en trasladar el Seminario de Dürrnberg (en
Austria) a Gars (Alemania). Esto se llevó a cabo el verano de 1899.
Quien cargó con el peso mas fuerte, en todo lo que suponía aquel cambio,
fue el Padre Stanggassinger.
Los rumores que, por los días del cambio, comenzaron a correr de que el
Padre Stanggassinger iba a ser el primer rector del nuevo Seminario de
Gars, eran fundados, como se confirmaría más tarde. Pero iba a resultar
que los superiores propusieron y Dios dispuso de otra manera.
El 11 de septiembre de 1899, él y los alumnos de Dürrnberg se
trasladaron a Gars am Inn. El 13 tiene lugar la bendición y la
inauguración de aquel Seminario que ha perdurado hasta nuestros días.
Por la tarde del mismo día 13, comienza Stanggassinger los ejercicios
espirituales de comienzo de curso. Los predica y dirige él. Los termina,
aunque ya no se siente del todo bien.
Como hay tanto que hacer, en aquellos comienzos de casa, sigue
trabajando y en realidad más de lo que debiera. El 22, durante el recreo
con los alumnos, se siente sin fuerzas y tiene que sentarse. Éstos le
rodean, charlan y le preguntan si es verdad que ha sido nombrado
Director. Él, sonriendo, responde: “Quizá muy pronto me veré libre de
ese cargo”. Esa noche la pasa con fuertes dolores de vientre. El 23 se
tiene que quedar en cama. El 24 se levanta para celebrar la Misa en la
enfermería. Luego charla con el enfermero y toda la conversación
discurre sobre cosas espirituales. Durante la conversación se siente muy
mal. Ruega al Hermano que avise a la Comunidad y que le administren la
Unción de los enfermos. El Hermano lo anima. Le dice que no es necesario
y que se acueste. Llaman al médico y éste diagnostica apendicitis. La
enfermedad sigue su curso. Los dolores siguen arreciando. Por la tarde
vuelve el médico y ya diagnostica peritonitis. Ya no había remedio.
Hoy día si se declara la apendicitis no es difícil solucionar el mal: se
opera cortando el apéndice y ya está, salvo complicación. Por aquel
entonces no se operaba; por eso, si el apéndice enfermo reventaba, venía
la infección del peritoneo y a continuación la muerte segura. Era esta
la enfermedad a la que llamaban, por lo menos aquí en España, el “cólico
miserere”. Se aludía así a que había llegado la hora de entonar el salmo
de difuntos que en latín comienza por la palabra “miserere”.
Este mismo día 24, llegó a Gars el nombramiento oficial: El Padre Gaspar
Stanggassinger Hamberger había sido nombrado Director del recién
estrenado Seminario. No eran momentos para celebrarlo con fiestas.
El 25 se le administra el Sacramento de los enfermos. Le visitan unos
alumnos y los anima a que sean fieles a su vocación: la de Misioneros
Redentoristas.
A la una de la madrugada, ya del 26, comienza a delirar. Todo su delirio
discurre por cosas piadosas. Hasta recita, en voz alta, parte de una de
las conferencias predicada por él en los últimos ejercicios: “Queridos,
honrad y amad a la buena Madre de Dios. Visitad a Jesús oculto en el
Sagrario: Id allí para comunicarle vuestras preocupaciones”.
Después de esto, se quedó como inconsciente. A las 2 volvió en sí y
ansiosamente pidió la comunión. Se la trajeron. Se preparó para ella y
dio gracias recitando las oraciones de San Alfonso, que sabía de
memoria. Luego se quedó tranquilo y cada poco se le oía o se adivinaba
recitar jaculatorias. El pulso se le va debilitando, hasta que exhala el
último suspiro.
Eran las 4 menos cuarto de la madrugada del 26 de septiembre de 1899.
Moría en la flor de sus 28 años. Le faltaban 3 meses y medio para
cumplir los 29.
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