Primera lectura Dt 11, 18. 26-28. 32
Lectura del libro del Deuteronomio
Moisés habló al pueblo diciendo:
«Meted estas palabras mías en vuestro corazón y en vuestra alma, atadlas a la muñeca como un signo y ponedlas de señal en vuestra frente.
Mira: yo os propongo hoy bendición y maldición: la bendición, si escucháis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis los preceptos del Señor, vuestro Dios, y os apartáis del camino que yo os mando hoy, yendo en pos de otros dioses que no conocéis.
Procurad cumplir todos los mandatos y decretos que yo os propongo hoy».
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial Sal 30, 2-3ab. 3cd-4. 17 y 25
R. Señor, sé la roca de mi refugio
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme. R.
Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor. R.
Segunda lectura Rom 3, 21-25a. 28
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
Hermanos:
Ahora, sin la ley se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas; justicia de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen.
Pues no hay distinción, ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.
Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre.
Pues sostenemos que el hombre es justificado por la fe, sin obras de la Ley.
Palabra de Dios.
Aleluya Jn 15, 5
R. Aleluya, aleluya, aleluya
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos —dice el Señor—;
el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. R.
Evangelio Mt 7, 21-27
Lectura del santo Evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Palabra del Señor.
Comentario homilético
La Palabra de Dios tiene que penetrar muy hondo en el interior de los creyentes para ser operativa. No basta con que sea escuchada. Ha de ser acogida hasta el punto de que nos configure y salga de nosotros convertida en testimonio. «Meteos mis palabras en el corazón y en el alma... ponedlas de señal en vuestra frente», indica el Deuteronomio. Jesús apela a la sensatez inteligente: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica... edifica su casa sobre roca».
¡Qué denso y sugerente es el final del Sermón de la Montaña! No agradan a Dios quienes lo invocan mucho si después no cumplen su voluntad. Jesús descalifica este jugar a la apariencia. La incoherencia es un gran error que echa por los suelos toda credibilidad. Además es causa de críticas tan frecuentes como: “muchos van a misa y qué poco se les nota”; o bien: “mucho golpe de pecho, pero qué poco compromiso”...
Jesús arrancó admiración por lo que decía y por lo que hacía. Había coherencia entre su hacer y su decir. No en vano asegura que su «alimento es hacer la voluntad del Padre» (Jn 4, 34). Siempre fue transparente.
Este Jesús es el cimiento que se nos ha dado para edificar la personalidad y construir la Iglesia. Por eso es inútil que busquemos otro mejor.
P. Octavio Hidalgo, C.Ss.R.